Catando en Tenerife
Fueron casi tres meses en Tenerife. Me alojaron en un sencillo y funcional departamento en Santa Cruz, la capital, con hermosa vista al puerto. Viajaba todas las mañanas a la Universidad de La Laguna en un bus local o en auto con uno de mis anfitriones, quien vivía bastante cerca. Los fines de semana tenía una moderada actividad social complementada con las visitas a las librerías, cines y disquerías, tanto locales como de La Laguna, hermosa ciudad de estilo colonial en la montaña, algo así como la parte alta de la capital, unida a ella por una carretera que Usted ya adivina muy transitada.
La comida en esta isla del archipiélago de Canarias es muy interesante, pues a las sencillas y sabrosas especialidades locales se une todo el universo de sabores peninsulares, reflejo del cuidado que España pone en sus posesiones lejanas. Entre las primeras, el gofio (algo así como nuestra harina tostada, de maíz y trigo), el escaldón (gofio con caldo de cerdo o pescado), el mojo rojo o verde (salsas de pimiento, cilantro o perejil), las papas arrugadas, el potaje de berros y muchos otros. En cuanto a licores, el ron lo aporta “la isla del frente”, Gran Canaria, y el buen blanco lo pone La Palma con su famosísimo Malvasía. Las cepas tinerfeñas son Listán Negro y Listán Blanco, que originan vinos sabrosos aunque algo irregulares. No puedo evitar contarle que el trayecto desde La Laguna hacia Puerto de La Cruz y La Orotava tiene uno de los paisajes más hermosos que he visto en este planeta; al doblar una curva y comenzar la bajada hacia el otro lado de la isla, uno queda con el mar a su derecha y el majestuoso volcán Teide (3.700 metros) al frente. Adictivo. Pero yo le quiero hablar de cómo llegué a hacerme la fama de experto en vinos en Tenerife.
Mis anfitriones, Paco y Eduardo, decidieron darme una despedida en una agradable tasca de Santa Cruz. Sentados al exterior del local y con muy buen ánimo, procedieron a ordenar el buen jamón y el queso manchego. Tales manjares requerían de un riego cuidadoso, lo que fue solucionado por mis amigos tras un pequeño y sospechoso cuchicheo. Cuando llegó la botella de vino tinto, fui desafiado a adivinar la cepa. “Como chileno deberías tener un paladar desarrollado para los vinos”, me dijeron mientras llenaban mi copa. Afortunadamente no me estaban pidiendo reconocer la zona (Rioja, Rivera del Duero, Valdepeñas) sino la cepa. Siguiendo el juego, en ese mismo instante decidí que, independientemente de lo que mis papilas percibiesen, daría el nombre de la cepa más popular y apreciada en España: tempranillo. Así, al menos las probabilidades estarían conmigo. Comencé mi actuación. Observé la superficie del líquido inclinando un poco la copa, luego me la llevé a la nariz, a continuación la miré al trasluz, agité su contenido y vi caer los bordes sobre la superficie interna de la copa. Luego de hacer todo eso muy seriamente, me la llevé a los labios. Ingerí, degusté y … sentí que mi plan fracasaba, pues me supo a vino chileno.
Levanté la vista y exigí que me confirmaran que era un vino español. “Lo es” me contestaron sin dudar. Volví al plan original. “Se trata”, dije ceremonioso, “de un tempranillo muy bien tratado, aunque debo confesar que tiene un saborcillo al vino de mi tierra, donde la cepa más tradicional es el cabernet sauvignon”. Dejé la copa sobre la mesa y me serví un trozo de manchego mientras observaba que Paco y Eduardo me miraban con los ojos muy abiertos y asombrados. “Vaya”, articuló Eduardo,”pues se trata de un ensamblaje de tempranillo con cabernet sauvignon” ¿Se da cuenta? Las probabilidades y la memoria se conjugaron para que yo dejara en mis amigos la impresión imborrable de gran catador. Por supuesto que nunca más he permitido desafíos semejantes, lo que ha contribuido a mantener la inmerecida aureola que ellos mismos construyeron. En todo caso, Usted y yo estaremos de acuerdo en que sea tempranillo, garnacha, merlot, carmenere, syrah o cabernet sauvignon, el buen vino y el Bello Sino se dan la mano.