Friday, October 13, 2006

Catando en Tenerife

Fueron casi tres meses en Tenerife. Me alojaron en un sencillo y funcional departamento en Santa Cruz, la capital, con hermosa vista al puerto. Viajaba todas las mañanas a la Universidad de La Laguna en un bus local o en auto con uno de mis anfitriones, quien vivía bastante cerca. Los fines de semana tenía una moderada actividad social complementada con las visitas a las librerías, cines y disquerías, tanto locales como de La Laguna, hermosa ciudad de estilo colonial en la montaña, algo así como la parte alta de la capital, unida a ella por una carretera que Usted ya adivina muy transitada.

 

La comida en esta isla del archipiélago de Canarias es muy interesante, pues a las sencillas y sabrosas especialidades locales se une todo el universo de sabores peninsulares, reflejo del cuidado que España pone en sus posesiones lejanas. Entre las primeras, el gofio (algo así como nuestra harina tostada, de maíz y trigo), el escaldón (gofio con caldo de cerdo o pescado), el mojo rojo o verde (salsas de pimiento, cilantro o perejil), las papas arrugadas, el potaje de berros y muchos otros. En cuanto a licores, el ron lo aporta “la isla del frente”, Gran Canaria, y el buen blanco lo pone La Palma con su famosísimo Malvasía. Las cepas tinerfeñas son Listán Negro y Listán Blanco, que originan vinos sabrosos aunque algo irregulares. No puedo evitar contarle que el trayecto desde La Laguna hacia Puerto de La Cruz y La Orotava tiene uno de los paisajes más hermosos que he visto en este planeta; al doblar una curva y comenzar la bajada hacia el otro lado de la isla, uno queda con el mar a su derecha y el majestuoso volcán Teide (3.700 metros) al frente. Adictivo. Pero yo le quiero hablar de cómo llegué a hacerme la fama de experto en vinos en Tenerife.

 

Mis anfitriones, Paco y Eduardo, decidieron darme una despedida en una agradable tasca de Santa Cruz. Sentados al exterior del local y con muy buen ánimo, procedieron a ordenar el buen jamón y el queso manchego. Tales manjares requerían de un riego cuidadoso, lo que fue solucionado por mis amigos tras un pequeño y sospechoso cuchicheo. Cuando llegó la botella de vino tinto, fui desafiado a adivinar la cepa. “Como chileno deberías tener un paladar desarrollado para los vinos”, me dijeron mientras llenaban mi copa. Afortunadamente no me estaban pidiendo reconocer la zona (Rioja, Rivera del Duero, Valdepeñas) sino la cepa. Siguiendo el juego, en ese mismo instante decidí que, independientemente de lo que mis papilas percibiesen, daría el nombre de la cepa más popular y apreciada en España: tempranillo. Así, al menos las probabilidades estarían conmigo. Comencé mi actuación. Observé la superficie del líquido inclinando un poco la copa, luego me la llevé a la nariz, a continuación la miré al trasluz, agité su contenido y vi caer los bordes sobre la superficie interna de la copa. Luego de hacer todo eso muy seriamente, me la llevé a los labios. Ingerí, degusté y … sentí que mi plan fracasaba, pues me supo a vino chileno.

 

Levanté la vista y exigí que me confirmaran que era un vino español. “Lo es” me contestaron sin dudar. Volví al plan original. “Se trata”, dije ceremonioso, “de un tempranillo muy bien tratado, aunque debo confesar que tiene un saborcillo al vino de mi tierra, donde la cepa más tradicional es el cabernet sauvignon”. Dejé la copa sobre la mesa y me serví un trozo de manchego mientras observaba que Paco y Eduardo me miraban con los ojos muy abiertos y asombrados. “Vaya”, articuló Eduardo,”pues se trata de un ensamblaje de tempranillo con cabernet sauvignon” ¿Se da cuenta? Las probabilidades y la memoria se conjugaron para que yo dejara en mis amigos la impresión imborrable de gran catador. Por supuesto que nunca más he permitido desafíos semejantes, lo que ha contribuido a mantener la inmerecida aureola que ellos mismos construyeron. En todo caso, Usted y yo estaremos de acuerdo en que sea tempranillo, garnacha, merlot, carmenere, syrah o cabernet sauvignon, el buen vino y el Bello Sino se dan la mano.

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Saturday, October 7, 2006

En La Caverna

Tuve oportunidad de asistir a la Beatleweek, el encuentro anual que conmemora al legendario grupo de Liverpool en su tierra natal, congregando a una gran cantidad de seguidores de su música y de su historia. Durante la última semana de Agosto de este año, unas cuarenta bandas provenientes de todo el mundo circularon por diversos escenarios locales, incluyendo tres que ya son leyenda: el Cavern Front, el Cavern Back y el Cavern Pub. Y los tres recibieron a The Brits, los seis muchachos chilenos que, con sus guitarras, tambores y teclados, llegaron allá como una de las tres bandas latinoamericanas seleccionadas para representar al continente en el magno acontecimiento. Les quiero describir las dos actuaciones que presencié en el Cavern Pub.

 

El local está situado frente al Cavern Club en Mathew Street, una hermosa callecita de pura esencia Beatle en el centro de Liverpool. Un John Lennon de metal en tamaño natural se apoya sobre la pared donde está la entrada a la escalera que conduce directamente al sótano. Entrando a la derecha hay un pequeño espacio que recibe a los intérpretes y a sus instrumentos. A continuación se ubica la mesa de sonido y luego la tarima-escenario, frente al cual hay un amplio espacio para los parroquianos, con varias mesas y cómodos sillones adosados a la pared. Al fondo con respecto a la entrada, un enorme bar donde nos surtimos de todo tipo de cervezas. Todo esto en unos ciento cincuenta metros cuadrados. Gran ambiente.

 

El domingo 27 de Agosto los Brits subieron al escenario a las 7 PM, después de un grupo ruso especializado en el rock de los inicios de los Beatles. En el local no cabía más gente; los chicos hicieron una bien pensada transición desde las canciones con dos guitarras, bajo y batería hasta las sofisticadas versiones con teclados y acordeón, incluyendo algunas difíciles de hacer en vivo como Being for the Benefit of Mr. Kite, del álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. La presencia de un aliado catalán en el saxo les permitió hacer una Lady Madonna simplemente excepcional. Luego del bis obligado por los gritos de “we won’t go” coreados por la delirante audiencia, cerraron a las 8 de la noche. Más tarde, con mi mujer y nuestra amiga Andy escucharíamos a Tony Sheridan - quien grabara My Bonnie con Los Beatles en 1961 – y a varios otros grupos en el Hotel Adelphi, centro de actividades del encuentro.

 

El lunes 28 (feriado en Gran Bretaña) los Brits cerraron el show del Cavern Pub con una presentación de dos horas que partió a la medianoche. Esta vez los muchachos siguieron a un grupo holandés con el que habían hecho amistad y que se quedó en pleno a escucharlos. A pesar de ser el siguiente un día laboral, el local estaba lleno aunque menos apretado que el día anterior; esto permitió y provocó un fenómeno natural: el baile comunal. No es sencillo describir un ambiente como el que allí se vivió. Tal vez baste con señalar que en un momento, muy avanzada la noche, el primer guitarrista bajó del escenario a hacer un solo, momento que aprovechó una de las estupendas niñas que estaba en primera fila para ponerse tras él e iniciar un sensual baile siguiendo el contorno del músico con su cuerpo. Cuando sus manos llegaron a las partes más sensibles, con gran elegancia el Harrison chileno, sonriente y ágil, retomó su lugar en el escenario con una finta digna de Maradona mientras su novia tomaba fotos. De fondo, una bandera chilena.

 

Si bien hicieron un breve intermedio, no es nada sencillo cantar durante dos horas en un ambiente caluroso y amablemente exigente como aquel. En un momento la guitarra rítmica cortó una cuerda; terminaron la canción y, mientras hacían el cambio, el tecladista partió sin dudar con Sexy Sadie, donde piano y voz juegan el papel principal. Al terminar el tema, la nueva cuerda estaba en su lugar. Hasta ahora me pregunto si alguien más que yo notó el truco que permitió seguir el show sin interrupciones. No puedo evitar contarle que, en medio de la euforia, un alegre y acervezado asistente me pidió un autógrafo sobre su camisa, que otra chica me sacó a bailar, y que en un momento quedé bailando con tres mujeres ciertamente interesantes. Al finalizar la presentación, una de ellas ¡me agradeció el baile! Armamos conversa y me enteré de que las tres mujeres eran de Liverpool mismo. Cuando la más agradecida se inclinó hacia mi y deslizó un beso en mi cuello quedé, chilensis al fin y al cabo, algo desconcertado, sobre todo al constatar que el señor que estaba junto a ella era su marido. Mi conclusión es que los que allí estaban habían gozado tanto como yo el show de los Brits y que al día siguiente seguirían buscando el Bello Sino.

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Saturday, September 30, 2006

Humanidades

Llegué a París el sábado por la tarde y nos fuimos a comer a un boliche vasco-francés cercano a la casa de mi hijo mayor, en el cual siempre hemos debido esperar al menos media hora para sentarnos. Muy buen signo si se considera que en la zona hay por lo menos unos veinte restaurantes que nunca he visto llenos. Mi plato favorito en ese lugar es la ensalada de hígado de ave, la que riego con vino de Burdeos y cierro con arroz con leche.

 

El domingo comenzó con nuestra ya tradicional visita a la feria de la Marché Auguste-Blanqui donde, además de adquirir fruta y verdura, siempre nos hacemos de un quesito de cabra y algún tipo de paté de campo, esta vez con injertos de roquefort; simplemente delicioso. Al mediodía partimos a la Fiesta de L’Humanité, el periódico del PC francés. Habíamos leído en internet que se trataba de un evento que duraba tres días en un lugar abierto en las afueras de París, al que se llegaba en tren combinado con buses gratuitos, operados por la RATP, una de las empresas que opera transporte público en la capital francesa, a cargo, entre otros, del metro y los buses urbanos. Por 15 Euros se obtenía un brazalete que permitía el acceso al recinto durante los tres días, y cada día contemplaba la actuación de al menos un intérprete renombrado de la música popular. Pensamos que valía la pena incluso por un día.

 

El viaje en tren y en los servicios de acercamiento fue muy rápido. Adquirimos nuestros brazaletes y, una vez dentro, un programa del evento que incluía un plano. Si tuviese que asociar la distribución de los stands en el recinto con algo en Santiago, diría que la vieja FISA sería lo más cercano. Partimos por las avenidas donde se ubicaban los lugares de comida. Cada uno de ellos era administrado por los militantes de la zona correspondiente: Perigord, Burdeos, Borgoña, Alsacia, País Vasco, Bretaña, Normandía, y así. La comida y el ambiente eran complementarios, con frecuentes apariciones de grupos musicales que mostraban el folclor de la zona. Luego recorrimos los locales en que diversas instituciones mostraban su quehacer, incluyendo la municipalidad de París, la prensa y las editoriales. En este último los escritores, ordenados de la A a la Z, estaban sentados exhibiendo, vendiendo y firmando sus obras. Llegamos a la zona donde estaban los locales de países; pobretón el de Chile que vimos (luego supimos que había dos). Luego de escuchar (sin entender, en mi caso) muchos foros sobre diversos temas, nos dirigimos a la explanada donde estaba el escenario central. Allí estaba terminando un panel sobre derechos de la mujer. Luego de una intervención del director de L’Humanité y de una diputada del PC, anunciaron a Bénabar, un joven cantante popular.

 

Si Usted escucha a Bénabar sin entender las letras de sus canciones, como yo, se queda con la impresión de un pop de calidad con reminiscencias de Chanson Francaise, con buenos arreglos para nueve músicos muy afiatados. Si además hablase francés, Usted quedaría simplemente cautivado por lo agudo de las letras y las novedosas temáticas escogidas. “Me da lástima porque hacían buena pareja, seis años de vida en común, … con todo lo que han vivido parece lamentable que hayan terminado. Muriel, te ruego, te suplico, dile que si; después que lo dejaste se vino a mi casa, vive conmigo. No puedo soportarlo más. Muriel ayúdame” (de la letra de Dis-lui oui). Luego de unas veinte canciones incluyendo tres en el bis, nos fuimos felices. Lo que nos pareció una multitud, arribó a los buses sin mayor dificultad. Una  vez en el tren rumbo al 13eme arrondisement, algo nos decía que los asistentes y Bénabar buscaban con ahínco el Bello Sino.

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Monday, September 25, 2006

Silbando en buena compañía

Hay trabajos que, casi por definición, se perciben como placenteros. En esta categoría he mencionado la labor de artistas, deportistas y creadores de toda índole. Pero también existen condiciones ambientales – sociales - que facilitan o dificultan la potencial relación de placer. Entre otras, están las presiones para buscar el reconocimiento (premios, medallas) y, por supuesto, el dinero.

 

En una reciente entrevista, el músico y humorista Daniel Rabinovich, miembro del estupendo grupo Les Luthiers, confirmó lo que percibí al leer uno de sus libros de cuentos: es un aliado. Allí declaró que sus cuentos son “pedazos de mi alma, sueños que incluso pude haber vivido.” “Cuando se escribe algo que a uno lo satisface, cuando se canta o actúa con elegancia, cuando se toca afinado y con sentimiento, es lógico que uno se ponga alegre. Es la satisfacción del deber cumplido, la belleza de sentirse en paz con uno mismo.” Cuando le consultan por la última obra de arte que le impresionó, menciona Brooklyn Follies, de Paul Auster, quien ya fuera motivo de un comentario anterior en estas crónicas. En síntesis, el Luthier goza con lo que hace, no con lo que dicen que hace, ni con la cuantificación de lo que hace.

 

Hay otros campos creativos que, a diferencia de la música, la escritura o la actuación, no son tan inmediatamente aprensibles por un observador externo. Por ejemplo, la investigación científica. Usted dirá que quien tiene cabeza para ello tiene una vida de placer intelectual por delante. Veamos. Hace poco el matemático ruso Grigori Perelman rechazó el premio más prestigioso en su campo, la medalla Fields, que se otorga a investigadores menores de 40 años. El gran aporte de Perelman fue la demostración de una conjetura, es decir, haber convertido una proposición matemática en un teorema. Declaró el investigador que el premio “es completamente irrelevante para mi. Cualquiera puede entender  que si la prueba es correcta no se necesita ningún otro reconocimiento.” Declaró que se ha retirado de la comunidad matemática, decepcionado por la falta de ética. “Mientras no era conocido tenía la posibilidad de decir cosas feas…”. Lea con atención la siguiente opinión del ruso: “Ya se que la autopromoción es algo corriente y si la gente quiere hacerla pues muy bien, pero no creo que sea positiva. Me di cuenta de ello hace mucho tiempo y nadie va a cambiar mi parecer.” Si además toma Usted en cuenta que Grigori es más bien pobre (vive con su madre, pensionada), es probable que concuerde conmigo en que estamos frente a un tipo que ha resistido de manera valiente las presiones alienantes de su entorno.

 

Bukowski (si, el escritor que usé como aliado la semana pasada) era un poeta y cronista de fuste aún antes de haber sido publicado. Él y sus lectores lo sabían. Y a mi me gustó sin saber siquiera si había recibido algún premio; y si así hubiese ocurrido, bien por el jurado y no al revés. Mire lo que son las cosas: al escribir esto me acabo de dar cuenta de que no se si Vázquez Montalbán o Javier Marías recibieron algún premio (si, se de uno). Ciertamente se que varios de mis más brillantes amigos no han sido premiados, ni condecorados. Pero cómo me gusta conversar con ellos. Y con algunos de los premiados también. Lo que pasa es que la búsqueda del Bello Sino va por otro lado.

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Saturday, September 16, 2006

Los suicidios no son una epidemia (con ayuda de Bukowski)

La duplicación de los suicidios en Chile cada 10 años desde 1970 al 2000 no parece preocupar a nadie, salvo a los auditores de Bello Sino y a su conductor, quien escribe. Tal vez usted piense que quitarse la vida es un asunto personal y que corresponde a un desequilibrio emocional temporal o a un estado de locura permanente que desemboca en esto. Pero este aumento desbocado parece corresponder a algo más genérico, más social (salvo que usted crea que es algo contagioso y que se trata de una  epidemia).

Como esta regularidad estadística la extraje de varias fuentes, hubo quien dudó de las cifras. Pero hace unos meses el asunto se documentó en un artículo de la prensa local y recientemente aparecieron datos mundiales. Leo que hoy tenemos casi un millón de suicidios por año en el mundo; dramatizando, en el sentido literario del término, se trata de un suicidio cada 40 segundos. En los últimos 45 años el número de muertes por suicidio ha crecido en un 60 por ciento y es la principal causa de fallecimiento entre jóvenes y adolescentes en el tercio más rico de los países del mundo. Nuestras cifras de crecimiento son mucho más altas; en una de esas somos campeones mundiales, así como lo hemos sido en el consumo de tranquilizantes. Y por cada suicidio hay casi veinte tentativas fallidas. La enorme venta de los así llamados libros de autoayuda es otra muestra de lo preocupante del asunto, mostrando, además, que muchos conciudadanos piensan que se trata básicamente de problemas manejables con trucos y actitudes unilateralmente individuales. Pero la evolución de las cifras sugiere causantes estructurales.

Como los comportamientos dominantes son aquellos que reproducen las relaciones económicas entre los individuos y que mantienen el status quo, creo que deberíamos asociar el fenómeno descrito a las inquietudes declaradas por nuestros compatriotas, entre las que sobresale sistemáticamente la inestabilidad en el empleo, el temor a perderlo. Acudamos también a la percepción de los individuos más sensibles en el Hemisferio Norte. Esta vez elegiré a Charles Bukowski, quien describiera su relación con el trabajo diario, desgastador y alienado, en un par de novelas de gran factura: Cartero y Factótum. En esta última se pregunta: “¿Cómo diablos podría un hombre disfrutar ser despertado a las 6:30 AM por la alarma de su reloj, saltar de la cama, vestirse, tragar forzadamente, cepillarse los dientes y el pelo, y pelear con el tráfico para llegar a un lugar donde esencialmente uno hace un montón de dinero para otro y le piden que agradezca la oportunidad de poder hacerlo?”

Entre varias otras labores, Bukowski trabajó para el servicio postal norteamericano por muchos años. En uno de sus cuentos unos agentes lo interrogan en su trabajo por el contenido de su columna “Notas de un viejo indecente” en un periódico underground. Luego de presionarlo de varias maneras le preguntaron si escribiría más columnas sobre la administración de correos. Ante la negativa de Bukowski, los agentes dan por terminada la entrevista y se despiden pidiéndole “Y, por favor, no se tire de ningún puente.” “Extraño. Ni siquiera se me había ocurrido”, escribió el autor. Lo único que deseaba de verdad era escribir, y lo interrogaban por ello.

O un trabajo de mierda o cesantía parece ser la opción para la mayoría de la población. Y los que tienen trabajos potencialmente agradables son presionados a rendir mucho para no perderlo, de forma tal que ni siquiera se puedan dar el tiempo para leer, escribir, cantar, pensar, conversar y diseñar las mejores estrategias colectivas para buscar el Bello Sino.

 

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Saturday, September 9, 2006

Silbando al trabajar

Dormir, comer, viajar, conversar, escuchar Bello Sino, trabajar, visitar, hacer el amor; todas son actividades que, sumadas, usan las veinticuatro horas del día. ¿Qué distingue al trabajo de las demás? No es el pago, ya que hay actividades consideradas en tal categoría que no involucran remuneración, como el así llamado trabajo doméstico. Tampoco es lo que se hace sólo por dinero, pues hay actividades remuneradas que haríamos aún si no hubiese pago involucrado, como algunas deportivas o artísticas, por ejemplo.

 

Son muchas las encuestas de opinión y percepciones que han detectado que, en Chile y en Santiago particularmente, la principal fuente de preocupación de los trabajadores es, precisamente, la de perder su trabajo. La inestabilidad laboral es fuente de angustia. Es relevante, entonces, darle una mirada a lo que ocurre en aquellas sociedades que se supone representan a lo que queremos llegar o, mirado desde otro punto de vista, donde se han asentado los valores que nosotros estamos generando para hacer sobrevivir nuestro sistema competitivo y libremercadista, capitalista en fin.
 Leo en el New York Times que el 13 por ciento de los norteamericanos entre 30 y 55 años han abandonado el trabajo regular. O bien rechazan trabajos que consideran bajo sus capacidades o bien no consiguen aquellos que les gustaría realizar y para los cuales se sienten calificados. Esa proporción casi triplica la de finales de los 60 en los Estados Unidos (5 por ciento). En la Unión Europea tal cifra subió de un 7 a un 14 por ciento y en Japón del 4 al 8 en el mismo período. El artículo señala que hay gringos que prefieren disminuir sus ahorros, consumir menos y aumentar su ritmo de lectura, escuchar más música y gozar del ocio creativo. La valoración del ocio habría ocurrido después de experimentar aumentos desproporcionados de las exigencias horarias en el trabajo, incluyendo labores durante festivos.

 

En otro artículo se muestra que el trabajo con salario por hora ha conducido a la reducción “voluntaria” del tiempo de vacaciones, probablemente asociado a que el 25 por ciento de los trabajadores del sector privado no mantienen su paga durante las vacaciones. Algunas compañías han detectado el fenómeno con alarma, generando cortos períodos obligados de vacaciones, intentando que sus empleados no piensen en reuniones ni en los correos electrónicos que se están acumulando.

 

En síntesis, las otras caras del trabajo inestable son la supresión del ocio o el rechazo instintivo de las condiciones de explotación a las que cada individuo está siendo sometido de manera casi inadvertida. Aún así, las reacciones parecen ser más bien individuales que colectivas. Lejanos los días en que se veía necesario luchar por la disminución de la jornada laboral, de los niños primero, de los mayores luego. Visionarios fueron los mártires de Chicago, en cuyo recuerdo celebramos el primero de Mayo aunque hoy sea un día en que nos vamos a los centros comerciales en vez de buscar el Bello Sino. Ayayayay.

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Saturday, September 2, 2006

Preferencias sociales

Hace muchos años atrás, el economista Paul Samuelson planteó lo que serían las tres preguntas básicas que todo sistema económico debe enfrentar: qué, cómo y para quien producir. En pocas palabras, si una sociedad dispone del trabajo de sus miembros, de las materias primas de su territorio y de las máquinas que hasta allí ha acumulado, el asunto es decidir que se producirá con esos recursos, cómo se hará aquello y a quien llegará lo producido. Lo interesante es que las formas de construir las respuestas corresponden a tipos de organización social ¿Cómo se construyen las preferencias sociales?

 

Si la sociedad fuese conformada por sólo un individuo, algo así como un náufrago en una isla desierta, las decisiones individuales y sociales serían indistinguibles. Este Robinson debería decidir cuánto trabajar, cuánta madera cortar, el tamaño de su choza, la cantidad de peces a extraer diariamente, los vegetales a consumir, crear una chacrita, construir o no un sistema de refrigeración, etcétera. Lo que considera bueno para él es bueno para la “sociedad”.

 

Distinto es el caso de un feudo, donde el señor feudal vive en su castillo en medio de terrenos en los cuales los campesinos cultivan vegetales y crían animales. Como el señor administra un ejército disuasivo para “defender” a su pueblo, los campesinos le entregan toda su producción manteniendo un porcentaje decidido por su amo para la supervivencia y reproducción de tan útil mano de obra. Si bien las decisiones sociales son unipersonales, el mandamás necesita una buena excusa para legitimarse (ser un enviado divino o el defensor de la gente, por ejemplo) o bien transformar su potencial disuasivo en represivo según las circunstancias. Las preferencias sociales son las preferencias del amo, y es probable que en ellas pese mucho más el bienestar de él, de su familia y de sus amigos por sobre el de los súbditos.

 

Podría pensarse que las decisiones sociales en un sistema feudal siguen el mismo patrón que una dictadura. Se parecen, pero no es igual. El señor feudal no responde a nadie, en tanto que en una dictadura como la nuestra, por ejemplo, el dictador fue el instrumento de un grupo, la derecha económica, que decidió unilateralmente las respuestas a las tres preguntas fundamentales. Una clase dominante por la fuerza “representó” la sociedad, favoreciéndose a sí misma al ir tomando las decisiones sociales.

 

En el sistema de democracia representativa se supone que las preferencias sociales son el producto de la voluntad de todos a través de los representantes, elegidos por todos. Bueno, en parte es así. El poder legislativo es elegido - con las distorsiones aquí conocidas – para representar nuestras preferencias sobre qué, cómo y para quién producir con parte de los recursos disponibles (el presupuesto nacional). La mayor parte, sin embargo, es decidida en el terreno de la libre compra y venta, donde las preferencias sociales resultan de nuestra influencia en el mercado, es decir, del poder adquisitivo de cada uno. Por eso, aunque a usted le extrañe, producimos carreteras y buenos colegios para los ricos, aunque intentamos elegir representantes que decidan mejorar la educación y locomoción públicas. ¿Qué le parecería organizar el MOBS (Movimiento por el Bello Sino)?

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Thursday, August 31, 2006

Mi sombrero panameño

Llegué a Ciudad de Panamá en un vuelo nocturno durante el cual, sorprendentemente, logré dormir bastante gracias a mis tapones para los oídos. Luego de ingresar sin mayores demoras, tuve casi una hora de conversa con el chofer que mis anfitriones habían enviado al aeropuerto, mientras esperábamos a otro pasajero. Así me enteré de los barrios panameños, de las historias de segregación antes de la entrega del canal, y de la popularidad de Rubén Blades, entre otras cosas. Al mediodía estábamos en el hotel.

 

Como el trabajo que debía realizar comenzaba al día siguiente y se prolongaría por dos días más, decidí recorrer un par de zonas durante la tarde, cubriendo lo que podríamos llamar el centro comercial en dos direcciones perpendiculares. La primera caminata fue bajo un sol intenso, con un calor húmedo más soportable que lo esperado a partir de las predicciones que había revisado antes de viajar. Mi gorro con visera se probó útil en las muchas cuadras que debí caminar hasta llegar a la zona donde mi libro-guía indicaba que había un par de librerías. En el camino por la ancha y entretenida Vía España descubrí un autoservicio con comida local donde probé la ropa vieja, una suerte de carne a la olla, deshilachada y tierna como una plateada desmenuzada y aliñada, similar a la que hacen los cubanos. Sabrosa. La librería estaba al llegar a la Vía Brasil, en un segundo piso de un edificio tradicional, con buen ambiente, un surtido razonable y precios altos. Casi por cumplir pasé por una farmacia que, según mi manual, tendría también algunas estanterías con pocos pero buenos libros. Por raro que parezca, así fue: hallé unos cuentos de Daniel Rabinovich (el macizo Luthier de bigotes) que luego regalé a mi hijo mayor, y una autobiografía de Paul Auster (comentada con Ustedes hace poco).

 

Luego de reposar brevemente en el hotel, partí en dirección a la Avenida Balboa, que bordea el Pacifico. Conocí interesantes callecitas y comercios hasta casi llegar al paseo marítimo al anochecer. Me fue imposible imaginar cómo cruzar esa última avenida por mis medios, pues el intenso tráfico no me lo permitía. Consulté a un policía, quien me brindó la solución obvia: precariamente protegido por su traje reflectante, me condujo personalmente a la acera del frente. Esa noche dormí a pierna suelta. Las dos noches siguientes sirvieron para conocer la artesanía local en algunos centros comerciales relativamente cercanos y para probar los tamales y bollos panameños; el tamal es una suerte de masa de maíz que encierra un picadillo de carne, envuelta en una hoja de plátano, en tanto que el bollo es como una pequeña humita seca y cilíndrica. Ambos se encuentran también en Colombia y Venezuela, los que alguna vez conformaron un gran país con Panamá hasta la escisión, apoyada por el gobierno norteamericano a raíz de la negativa del parlamento colombiano a la construcción del canal a comienzos del siglo veinte.

 

El último día de trabajo terminamos algo más temprano y, aunque llovía en forma persistente, nos llevaron al casco viejo donde miramos varios edificios coloniales importantes, pasando por la Plaza Herrera, inmortalizada por Rubén Blades en su disco Antecedente. Logré hacerme de un sombrero panameño de esos blancos muy flexibles con una hermosa franja de artesanía local, que me acompañaría durante todo el vuelo de vuelta. Lo más espectacular estaba por venir pues, luego de recorrer la estrecha Amador Causeway que une tres islitas hacia el Pacífico, terminamos cenando en un restaurante situado exactamente sobre las esclusas del Canal de Panamá, desde donde vimos la operación de llegada de barcos, el cambio de nivel de las aguas y la apertura y cierre de las compuertas. Me contaron que, luego del traspaso de las instalaciones del canal a Panamá al llegar el año 2000, las manifestaciones populares fueron largas y alegres, incluyendo presentaciones de Rubén cantando Patria (incluida también en Antecedente). Es que este proceso de “nacionalización” del suelo panameño no sólo ha sido un asunto de soberanía sino también de finanzas: en este corto período Panamá ha percibido ocho veces la renta recibida desde la construcción del canal hasta su traspaso. Cuando uso mi sombrero me siento salsero, panameño y buscador del Bello Sino.

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Saturday, August 19, 2006

Camellos en La Habana

Creo que fue en El Padrino II donde Al Pacino-Michael Corleone pregunta, en medio de una reunión de gangsters en Cuba, por esos tipos que se oponen a Batista. Cuando le informan que son un movimiento muy débil, él manifiesta que lo que le preocupa es que no reciben paga por arriesgar la vida en su lucha contra la dictadura. Parafraseando a Pablo Milanés, el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos.

 

La Habana, 1996. Me pareció que la geografía humana y física de ciertas zonas de La Habana eran muy semejantes a la de algunas ciudades de Colombia o de Puerto Rico, el “ala que cayó al mar” según Guillén. La novedad era la gran cantidad de muchachitos ofreciendo diversos tipos de mercancía en cada cuadra recorrida. La décima vez que un chico me ofreció tabaco, ron, comida y mujeres, decidí enfrentarlo y decirle de manera tajante que no quería nada de aquello. “Pero qué tienes tú” me dijo, “¿estás enfermo?” En mis dos visitas a La Habana nunca nadie se enojó conmigo, lo que ya es un mérito del lugar.

 

El comportamiento de los cubanos se empezó a perfilar en mi cabeza cuando partí a conocer la heladería Coppelia en El Vedado, el famoso local en medio de una plaza que aparece al comienzo de Fresa y Chocolate. Casi desistí cuando vi la enorme fila para entrar pero, al delatarme mi acento como turista, me hicieron pasar primero. Ya instalado, el mozo me preguntó qué deseaba. Al decirle que iba por helados, me solicitó muy cortés mi preferencia de sabores, con derecho a tres bolitas. Luego de pedir fresa, bocado y chocolate, fui informado de que sólo había de bocado. Pensé que el muchacho me había estado tomando el pelo, pero su seriedad me convenció de lo contrario. Le seguí la corriente ordenando la única opción, que llegó en pocos minutos.

 

La actividad que me llevaba a La Habana se realizaba en el Capitolio, situado en Habana Vieja, el barrio colonial, en el límite con Centro Habana, el barrio pobre que la une con El Vedado. Cruzando una calle rumbo al Capitolio entablé conversación con una cubana, delgada, como de mi edad, con pinta europea. Al saber que era chileno me comentó que sabía lo bien que estábamos. Le hice ver que eso dependía del ingreso y de las condiciones laborales, agregando que nos estábamos convirtiendo en los campeones mundiales del consumo de tranquilizantes per cápita. Me miró con furia carente de lujuria. “Aquí si que vivimos a punta de tranquilizantes” me informó. Ante mi cara de pregunta añadió que iba al paradero más cercano a tomar el camello, una especie de gigantesco bus fabricado a partir de chasis de camiones checoslovacos articulados a los cuales habían superpuesto una carrocería tipo bus con dos jorobas. Me contó que cabían más de doscientos pasajeros y que la espera podía ser de hasta unas tres horas. Quedé preocupado.

 

Al mediodía logré sentarme a la misma mesa con dos funcionarios del organismo de transporte urbano local. Les conté la historia de la espera del camello y me explicaron lo que era el “período especial”, que superponía el bloqueo norteamericano con el abandono por parte de los ex países socialistas, resultando en carencia aguda de combustible y de vehículos. Hice notar que la ingeniosa solución de los camellos significaba pocos vehículos, de gran capacidad pero con muy baja frecuencia. Mostré que, en esos casos, bastaba anunciar los horarios de pasada del bus en los paraderos para que los pasajeros pudiesen arribar sólo un poco antes, aprovechando mejor su tiempo. Al insistir ellos con lo del bloqueo, les dije que eso no era excusa para operar mal los pocos vehículos que habían logrado armar y me ofrecí a ayudar con el diseño adecuado de frecuencias y horarios de pasada. Sólo entonces la señora a cargo me informó: “entendemos la sugerencia técnica, compañero, pero es impracticable pues los choferes no cumplirán el horario”.

 

En mi segunda visita cuatro años después, celebrando los veinticinco años con mi mujer, las cosas estaban mucho mejor pues habían importado unos buses canadienses y los operaban con frecuencias más altas, usando el ingenioso y tradicional sistema de espera sentados, que se logra mediante la consulta en voz alta por el último en arribar, con lo cual el sistema de precedencia al abordar queda automáticamente establecido sin necesidad de hacer fila.

 

Luego de compartir agradables experiencias como las sesiones de cine con un público masivo y música con otro más restringido, partimos a Varadero por tres días. Lo que pensé sería una experiencia frívola resultó una agradable combinación de conocimiento de la naturaleza y de la comida locales. Luego de un paseo por ríos y canales de la zona en un barco pequeño y de una salida al mar abierto en uno grande, llegó el momento de nuestro paseo en bicicleta. Fuimos los únicos del enorme hotel que nos habíamos inscrito para ello. El joven guía, asombrado de nuestra presencia, nos hizo elegir de entre unas viejísimas máquinas y nos preguntó dónde queríamos ir. Le contestamos que donde el considerara el lugar más bonito. Y nos llevó ¡al pequeño centro comercial cercano! ¿Será que todos los caminos conducen a Roma? ¡Qué complicada es la búsqueda del Bello Sino! Aquí y en la quebrada del ají.

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Friday, August 11, 2006

Beatles DB (después de Los Beatles)

La vida musical de Los Beatles como grupo terminó formalmente en 1970, luego de grabar Abbey Road, un disco que, paradójicamente, los muestra en gran forma colaborativa. Pero su música siguió desarrollándose de varias maneras, sin considerar siquiera la reproducción de su discografía de manera permanente en todas las radios (y hogares) del mundo.

 

El proceso de cada uno de los miembros del grupo como solista fue la extensión natural del desarrollo de las habilidades personales, mostradas con nitidez en los últimos años de grabación. A pesar de las disputas posteriores, Lennon y McCartney afirmaron su distancia con respecto a George Harrison y Ringo Starr en canciones como La Balada de John y Yoko, compuesta por Lennon narrando la saga de su segundo matrimonio, grabada solamente por él y Paul en instrumentos y voces. Por su parte, el “sonido Harrison” solista, aquel que estaría caracterizado por un particular tono y estilo de su guitarra, se afirmó un buen tiempo después de su manifiesto coqueteo con la música de India; el sonido que sobrevivió fue el de Something (en Abbey Road) más que el de Within you, Without you (en Sgt. Pepper’s).

 

Sería imposible resumir los aportes de cada uno de los muchachos de Liverpool después de 1970. Las hermosas melodías de Paul, algo atenuadas en los primeros discos por su afán de hombre-orquesta, culminaron con Mull of Kintyre, canción de línea simple con interesantes variaciones de tono y una gran orquestación incluyendo gaitas. El primer disco solista de John fue, en mi opinión, el más interesante de los suyos, pues muestra claramente por qué el grupo se había convertido para él en un traje algo estrecho. God, Working Class Hero o Mother representan tomas de posición frente a cosas tan relevantes para él como la religión, la alienación o su relación con Julia, su madre. Para la anécdota, sólo Ringo logró juntarlos en vida en su disco homónimo, aunque en diferentes surcos (si hablamos de vinilos) o tracks (si hablamos de CD): I’m the Greatest (con John y George) o Six O’Clock (con Paul y Linda). La tecnología permitiría más tarde, luego de la muerte de John, que aparecieran dos nuevas grabaciones de Los Beatles: Free as a Bird y Real Love. Tengo testimonios de la emoción que tal iniciativa produjo en su momento en gente nacida en la década de los ochenta.

 

Pero la música Beatle también se desarrolló de otras formas. La influencia sobre múltiples grupos hasta el día de hoy es muy evidente, desde las cuerdas de ELO hasta las voces y guitarras de Oasis, pasando por el rock simple de los Flamin’ Groovies o el más sofisticado de Sloan, Teenage Fanclub y muchos otros. Por otra parte, las nuevas generaciones han recogido el legado Beatle en los así llamados grupos de tributo. En Chile tenemos a unos campeones Latinoamericanos en ese rubro: The Brits, quienes ganaron su nominación como uno de los tres representantes del continente en la Beatleweek 2006 a realizarse en Liverpool. La final, realizada en Buenos Aires a fines del año pasado, fue una magnífica muestra de músicos jóvenes de gran nivel que estudian y reproducen las melodías de sus favoritos. ¿Se imagina Usted a cinco chicos chilenos interpretando magistralmente Being for the Benefit of Mr. Kite con guitarras, bajo, batería, teclado y acordeón? ¿O Strawberry Fields Forever con cello? ¿O
Penny Lane con flautas traversas? Bueno, eso hicieron los Brits en su recital de despedida en el Aula Magna del Liceo Manuel de Salas. Es que la búsqueda del Bello Sino tiene sonido Beatle, tal vez.

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