Premios y castigos
Compleja tarea esta de tratar de entender el comportamiento humano (en particular de las humanas, diría algún conocido). Tan compleja como la de intentar cambiarlo. El personaje central de La Naranja Mecánica – novela de Anthony Burgess llevada al cine por Stanley Kubrick - hacía el amor al ritmo de Beethoven y salía con sus amigos a golpear mendigos o a introducirse en lujosas casas ajenas para intimidar a los dueños y violar a las dueñas. Cuando fue detenido, lo pusieron en un programa de rehabilitación que consistía en hacerle ver películas que mostraban el tipo de fechorías que él cometía, sometiéndolo simultáneamente a dolorosas torturas exactamente cuando la fechoría comenzaba. Una vez libre, cualquier intento de repetir los dañinos comportamientos anteriores fue frenado por el dolor físico que tal cosa le causaba, cual reflejo condicionado.
En el ejemplo anterior se muestra la posibilidad de modificar el comportamiento mediante estímulos y asociaciones que condicionan físicamente al individuo, tal como el perro de Pavlov producía saliva al oír la campana que sonaba cuando le traían la comida, aún si no venía comida. Este tipo de observaciones fue la base del Conductismo, teoría del comportamiento desarrollada por B. F. Skinner según la cual las conductas pueden ser condicionas según sus consecuencias positivas o negativas. Si bien esta escuela ha sustentado el uso de técnicas para corregir comportamientos considerados patológicos por siquiatras o sicólogos, su creador hizo notar también sus connotaciones sociales: “El grupo clasifica la conducta como buena, mala, correcta o incorrecta y usa estos términos como reforzadores condicionados para fortalecer o suprimir tal conducta.”
Terrible mecanismo, sobre todo si consideramos que puede ser el que describe la adopción individual de aquellos valores que, aunque terminen causando tensiones insoportables y angustia, son inducidos por un sistema económico como el nuestro justamente para sustentarlo y hacerlo sobrevivir. Premios al dócil, aislamiento al rebelde. Según Fromm, “la sociedad impone sus exigencias de represión amenazando con el ostracismo.” Pero el temor a quedarse solo no es el único mecanismo de domesticación (que puede ser combatido juntándose con otros “locos” que busquen el Bello Sino, para darse cuenta de que somos, en realidad, los más cuerdos). El mecanismo de control más efectivo actualmente fue bien descrito por Skinner hace ya varios años: el dinero. “Los trabajadores deben continuar recibiendo los reforzadores artificiales llamados salarios, y los ciudadanos deben continuar siendo amenazados con las consecuencias artificiales llamadas castigos.” En Las Invasiones Bárbaras, el viejo profesor que padece una enfermedad terminal es visitado por sus antiguos estudiantes, que le alegran la vida al decirle lo mucho que aprecian la formación que les dio. Terrible es la escena siguiente donde el hijo, un hombre de su época, entrega a los estudiantes la suma de dinero acordada para representar ese pequeño papel. Ánimo: la única chica del grupo se niega a recibir la paga. Seguro que ella es auditora de Bello Sino, o merece serlo.
